vuelve del horizonte

Miradas de una lección no aprendida

Lectura de Sembré nísperos en la tumba de mi padre (Llantén, 2019), de Johanna Barraza Tafur.

El mes pasado, Llantén publicó Sembré nísperos en la tumba de mi padre, de Johanna Barraza Tafur. Esta poeta colombiana nacida en Barranquilla, en 1995, reúne en una línea de tiempo treinta y ocho poemas que revelan el carácter e identidad elegíacos del libro. El asesinato de su padre a manos de un sicario se abre camino en la tierra donde no hay paraje, sombra ni olvido.

No hay tema que no pueda ser abarcado por la poesía, la cuestión es el cómo y Barraza Tafur sabe trascender la figura de una hija que llora la tragedia de su progenitor y su familia. Se ofrece a la poesía y la tinta confirma el vínculo sagrado.

Ga
Gastón Malgieri

La autora decide ver al sicario, acuna y observa el cuerpo del padre que la penetra con su mirada. A pesar de que todo está a la vista, nunca se pierde el equilibrio intimista, tenaz, como si de eso dependiera el único puente con quien ya no está, pero al que aún se le habla.

Una fuerza particular sostiene una primera parte del libro: quién fue el padre, qué pasión lo llevaba por el mundo, cómo se anunciaba, qué palabras elegía como un orfebre para sus hijas. Luego, ni la violencia del disparo puede alcanzar la tensión poética que denota la lectura –sin pestañeo posible- de cómo uno de los heraldos negros derriba al padre y la muerte es pública, cosa de Estado, hasta que es devuelto a su solo descanso.

Una última etapa anota qué pasa con los que se han quedado, los que andan en vida, aflora el recuerdo que anida herencias, tentáculos y otros crímenes perfectos de las siempre sedientas intenciones nunca realizadas.

Como un canario que sueña, Johanna Barraza Tafur apuesta a que el único cambio es su destino.

.

Papá era mi héroe
y el de mis amigos,
una especie de Robin Hood caribeño.
Cuando no entrenaba a sus pájaros
practicaba boxeo,
sabía pelear,
al menos eso decían,
yo nunca lo vi.
Cada tanto recibía una paliza
en sus borracheras
pero no lo vencían,
tenía una ley:
El que sangra pierde.
A decir verdad,
solo sangró
el día de su muerte.

.

En mi familia
casi no quedan hombres:
Jesús, Luis,
Enrique, Fernando, José.
Algunos murieron
por el conflicto armado interno,
otros por la violencia urbana
y los que quedan
mueren por el dolor acumulado.
Sus muertes llegan mientras río,
mientras amo, duermo
o escribo esto.
La muerte es una lección
y yo no la aprendo.

.

En el barrio suenan disparos,
me apresuro a cerrar la puerta
pero un conocido la empuja
y lo dejo entrar.
Les disparan
A los que juegan cartas
en la esquina, dice.
Corro hacia el lugar
pero un vecino me detiene,
me abraza contra una reja,
pide que no me mueva
e intenta que no mire al sicario.
Decido mirarlo
mientras me apunta con el arma,
mi miedo no representa un peligro.
Las sillas y las mesas están agujereadas,
yo busco una billetera,
una camisa o una chancleta,
algo a lo que aferrarme.
Junto al árbol de níspero
veo el cuerpo de mi padre,
lo volteo para acunarlo
en mis brazos,
abre sus ojos
y su mirada penetra en mí
como bálsamo sobre una herida.

.

Llevo dos horas aquí afuera,
Abrumada de ver cómo la burocracia
nos persigue más allá de la muerte.
¿Acaso nos volvemos parte
de una sociedad para esto?
Señores forenses,
ese cuerpo no les pertenece,
murió en mis brazos
y desde entonces
yo lo parí.
Cada vez que esas puertas se abren
veo en el fondo
hombres con overoles blancos
entrar a una sala
y me siento como perra en labor
que no quiere que sus criaturas
sean tocadas por manos extrañas.
Señores,
devuélvanmelo como lo traje a este mundo,
desnudo, ensangrentado,
no lo toquen, no lo abran,
quiero ser yo quien vea su hígado cirrótico
y la trayectoria de las balas en su pecho.
Quizás pido mucho,
quizás no,
cada quien debería
hacer con sus muertos
lo que le plazca.

.

Quiero contarte cómo fue todo
después de tu muerte.
De tu cuerpo
doné lo que servía
como me lo pediste.
Te velamos en casa,
nunca estuviste solo,
cobarde.
Estabas vestido,
Igual que siempre,
por mámá.
Tus uñas,
intactas,
las más largas que he visto.
El vidrio del cajón
era endeble
como tus argumentos,
esperé hasta la madrugada
y cuando nadie me veía
lo abrí.
Te toqué,
estabas frío
y tu piel áspera
como la de un lagarto.
Conservo el plato
en donde tu madre
te daba de comer
a escondidas de tu padre,
también guardé el retrato de ella
y al igual que tú
me emborracho en su cumpleaños
y en el tuyo,
en el mío lloro
por la ausencia
de tu llamada a media noche.
Dicen que soy poeta,
te abro para escribir
pero no soy capaz de cerrarte
y decir adiós.

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