vuelve del horizonte

Escrituras en lana rosada hacia Batillón

Entrevista a la poeta Blanca Lema, a propósito de su libro Estrellas y Trotyl

Hace tres años, Blanca Lema publicó Estrellas y Trotyl (Mansalva), principalmente como resultado de un viaje que comenzó en Buenos Aires, siguió en Londres, durante la visita que hizo a uno de sus hijos, y terminó en la misma ciudad donde lo había iniciado. El diálogo en este libro sobre el tiempo y espacio condensa una manifestación poética que está imbuida, a través de cierta extrañeza de la palabra, en el dolor, la añoranza, la melancolía y el amor.

La propuesta de hablar sobre su último libro de poemas –hasta el momento-, no impidió que el diálogo atravesara zonas y temas de mayor amplitud, como la reflexión acerca de la poesía, el inicio del lenguaje o de los lenguajes posibles, la percepción de la realidad y las condiciones para sobrevivir y resistir.

Blanca Lema ya está trabajando en otro libro, también de poemas, pero Estrellas y Trotyl resultó ser una fuente inagotable para conocer más acerca de esta autora que dice estar agradecida a sus lectores. “Me ayudan de una manera impresionante a creer en el oficio del poeta, en darle prioridad a esa misión. También compruebo en ese agradecimiento que el poema no termina cuando uno lo escribe, sino en eso que continúa y transforma, interpreta, entiende y devuelve. Me da muchas fuerzas”, dice a El Vendedor de Tierra.

Estrellas y Trotyl está marcado por dos planos: tiempo y espacio. Ambas partes convocan a Buenos Aires, por un lado, y a Londres, por otro, en períodos que llegan a cruzarse. ¿Qué motivos hay detrás de ese esquema?
-Tenía algunos poemas previos a un viaje a Londres que hice para visitar a mi hijo Gaspar. Fue en esa ciudad donde, influenciada por el lugar, las circunstancias de sentirme asilada y cobijada por mi hijo en un momento en el que yo estaba muy vulnerable emocionalmente, empecé a escribir poemas que me salían con palabras en inglés. No es una lengua que use normalmente. Pero estando allí, se me mezclaba el español, el inglés y la fuerza de esa ciudad. Regresé con el deseo de continuar la primera parte en español que había hecho antes del viaje. Ahí es donde se cruzan algunas temporalidades: la segunda parte de la primera sección que es contemporánea a esa última escrita en Londres, salvo uno o dos poemas que escribí en Buenos Aires, aunque con el impulso que tenía de haberlos pensado allá con alguna palabra o frase clave en inglés.

Hay varios tipos de tiempos en tu libro: unos que agonizan y que demoran su final, los que no alcanzan, los que te deshacen y construyen, e incluso existe la negación de tu presencia en un momento determinado. ¿Cuál es tu relación con el tiempo?
– Desde niña tengo la cualidad de percibir la realidad más allá de la línea recta de la flecha del tiempo, más bien en el espiral del tiempo. Por eso no escribía de niña como tal y hoy tengo muchas cosas de niña. Es una condición muy natural de habitarlo, como quizás lo hacían los indígenas. La relación tiempo-espacio es lo que me subyuga como constancia en mi cuerpo y forma de percibir, donde puedo habitar realidades paralelas, sin destruirme.

Eso ya se expresaba en el hecho de no haber escrito de niña como una niña…
– Sí. La poesía me llega desde muy chica, a los cuatro años. Tengo la imagen exacta. Yo no sabía escribir, lo que era muy terrible para mí. Entonces, lo escribía en lana rosada, en el piso. Hacía garabatos. Inventaba idiomas. Cuando decía el poema era como ahora. Me sale un idioma como de extraterrestre y después lo tengo que traducir.

¿Cómo fue ese primer momento?
– Fue en mi casa de nacimiento –que no fue en un hospital-, en Boulogne. Mis dos padres eran artistas. Creo que estaba en el taller de mi madre, que era de grabado, porque el de mi padre, de pintura, estaba en un piso alto y no recuerdo haber subido. Era una habitación grande. Había lana. No sé porqué. Me acuerdo perfectamente que era rosa, rosa viejo, rosa Dior. Ese lenguaje que me venía desde chica lo había llamado Batillón, una especie de batalla. Eran jeroglíficos hechos con lana en el piso. Al día siguiente los visitaba y para mí significaban otra cosa. Mi hermano, que era mayor, y se burlaba siempre de mí, me reprochaba que lo que le había dicho que era una mesa, después le decía que era un lápiz. Me parecía totalmente posible, porque nada tenía que ser fijo. Ahí está el origen de mi amor al chino. A los diez años, con mis primeros ahorros, el primer libro que compré fue chino. Era una edición bilingüe. Me resultó fácil como lo fue aprenderlo de más grande, por lo ideográfico, donde está el sentido, el significado y no la atadura con la palabra. Eso es para mí el tiempo en la poesía, cuando el espacio de la palabra habita otro tipo de realidades que no está sujeta a esta humanidad.

Encarnadura

Desde mi primera lectura, percibí algo totalmente roto en tu poesía e infranqueable, como si no pudiera ser develado. Por lo que me decís, creo que tampoco lo está para vos.
– Hay un inconsciente que me habita. En la que siento que no soy yo quien lo dice. Es mi misión en este mundo, con este cuerpo y esta existencia, recibir esa voz. Ahora, como me llegó desde muy chica, siempre encarné la figura del poeta. Siempre dije que era poeta. No decía que era bailarina, habiendo hecho ballet.

En relación con el espacio, sospecho que el lugar donde estás no siempre parece ser el adecuado y, cuando lo es, se da desde el recuerdo o la melancolía. Inclusive, elementos que ocupan un lugar pueden irse, no estar más. ¿Qué pasa con el lugar que ocupás en el poema?
– Ocupo el que sobrevive en esta capacidad de desdoblarme, espero, sin enloquecer. Estar en un lugar y no estarlo desde la infancia. Tiene que ver con el haberme refugiado del dolor de percibir el mundo con mucha intensidad. No era solamente la poesía, sino la percepción de la realidad. Más allá de mi vida, es lo que le está pasando a los otros. Eso me dolió siempre. Entonces, ocupo el lugar del sobreviviente a la intensidad del poema que resulta de atravesar el dolor. Después, la posibilidad de sobrevivir al dolor del poeta. Mi vida personal la acompañó en situaciones límites que han hecho entrenarme a la fuerza, como puede ser la cárcel o el exilio.

¿Sentís que alcanzás al poema? Tengo la sensación de que siempre lo estás buscando, como también el espacio y el tiempo, como si quisieras aprehenderlo, aunque no alcance. Entre versos, leo en tu escritura que no tenés problema en confesar que tal vez no se pueda habitar la poesía. A lo sumo, sí acercarse a ella.
– Yo creo que sí habito el poema, pero sin pertenencia. Siento que en algún momento es como un hijo, que no es de uno. También por la responsabilidad de dejar ese mensaje al otro, a la transformación que pueda ocurrir en esa otredad. Es sumarme a un habitante más. No por ser la autora voy a tener un privilegio en ese habitar.

Decías que sos una sobreviviente…
– Muchas veces.

Lo que está muy presente en el libro… Te cito: “Por qué me salvaste si igual me morí”. En el poema Palos de Jacob está la resistencia interior a los golpes de afuera. Inclusive, la resistencia recordando un aroma. En Este doble temblor: “He muerto un poco/ Debo morir más”. Mi lectura es de esperanza, como si dijeras ‘me tienen que matar más para morir’.
– Exacto, está dicho con esperanza porque tiene el valor de que debo aprender más.

– ¿La poesía es una de las tantas formas de sobrevivencia?
De la sobrevivencia y de la curación. Cuando me he alejado de la poesía por momentos de la vida, donde la realidad se imponía de manera despótica, cuando regresaba a ella, me curaba. Sinceramente cuando estoy por fuera de la poesía, me enfermo. Cuando regreso a ella, me curo.

¿En vos puede ser posible la resistencia sin poesía?
– En mi caso, no. Hablo de resistir en el sentido amplio de la resistencia como construcción, si se quiere, revolucionaria, de cambiar algo, no sólo de soportar, sino en el sentido de tener fuerzas para la transformación. Siempre he sido un ave fénix y espero seguir siéndolo un poquito más… Ese mito es poético, esa placenta está ahí.

– ¿Y la poesía es sólo lugar para sobrevivientes?
– No, es para los que no temen la vida. Estamos llenos de poetas que se han suicidado. No obstante, creo que en ese suicidio y en esa no sobrevivencia han sido maravillosos poetas, amantes de la vida. El suicidio es una consecuencia más de su amor a la poesía y de amor a la vida. Ahí tenemos que hablar de cómo sobrevive el sistema que nos aplasta. Hay muchos tipos de sobrevivientes. Está el poético y el monstruoso, que es el que nos sigue poniendo presos, señalando o enfermando.

– ¿Estrellas y Trotyl es también un libro de amor?
– Sí, es un acto de amor la poesía. No sólo de sobrevivencia y resistencia. Con toda la ambigüedad que tiene el título. En el poema que le da nombre al libro dice: “¿Por qué me salvaste si me morí?”. Tiene ese concepto a través de la palabra trotyl. Deseo profundamente desde el amor de este libro y de los futuros que nos olvidemos del trotyl, por favor. Es un pedido desde el amor.

Futuro usado

– Existe en este poemario un vínculo entre el presente, el pasado y el futuro. Con respecto al pasado, está la idea de un tiempo eterno. En el presente, habitás el cuerpo que va a morir. En cambio, el futuro nace desde la construcción de un lugar para que te arrastre, o bien está en este verso: “La vida es una gallina que sigue corriendo con la cabeza cortada”.
– En el libro aparece el tiempo como un escenógrafo pagado a sueldo. Es decir, en realidad, el futuro está puesto ahí, como una escenografía del presente, que es de la sociedad. Está como una virgen que está mal estacionada. En un poema de los últimos que estoy escribiendo de mi nuevo libro, figura un personaje de mi infancia que siempre amé, “la loca”, que salía a la calle con gafas de aviadora y vociferaba: “El futuro ya ha sido usado”. Es la pregunta al sujeto de ese futuro. Por ahí debe cambiar ese sujeto, porque así como estamos es difícil tener ese futuro.

– El futuro también existe de otra manera, a través de un verso excepcional, una idea de la poesía que me va a acompañar por siempre: “Iré a leer viejos poemas a nuevos jardines”.
– Ahí están los niños que hemos sido.

– Por cómo te nombras, expresas y expones, ¿por qué decís que “lo más difícil es decir qué somos”?
– Es uno de los poemas que habla de lo apocalíptico. La vajilla ya ha sido usada. Cómo hablar del ser por fuera de todos los botes de seguridad en los que estamos tentados de subir. Dónde está el valor de volver a ser lo que somos, porque hoy no lo somos. Hoy somos otra cosa de lo que hemos querido ser.

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Lectura: selección de Estrellas y Trotyl

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El círculo
Es muy probable que Ingenuidad y Fuga sea el título del próximo libro de Blanca Lema. Lo que sí es seguro es que serán 30 poemas “muy duros” y que ya están siendo traducidos al francés. “He tratado de ejercitar más la condensación de sentido. Antes, me resultaba muy doloroso corregir o volver a leer. Ahora, no. Transformé ese dolor en una satisfacción de quitar el ego de lo lindo, lo bonito o lo inteligente y dejar que el poema me rapte al sentido con el que nació”, dice la autora a El Vendedor de Tierra.
Lema explicó que en el libro quiso abarcar sus diferentes formas de exilio: el que ocurre al nacer; el de los otros en la infancia; el clandestino, que tienen un anclaje en el pasado, pero con mucha perseverancia en buscar raíces en el presente; el del exilio en el exilio; y, por último, el andante, “que es el regreso, relacionado con la vejez, con la conciencia de la muerte, la transformación y los tipos de migraciones que hemos tenido en la vida y las que siguen estando. Es como un círculo que termina con la idea de otra vez nacer”.
Algunas de las obras de Blanca Lema son La Rosquilla, o el mejunje degenerado de poemas paranoicos, Poemas de la Tristeza Violeta, Aparición (Madrid), y las novelas Taper Ware, Contradanza y La Tela Agujereada.

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