vuelve del horizonte

Amuletos para mecer un corazón

Daniel Mordzinski

Entrevista a Natalia Litvinova

Durante el diálogo que tuvimos a propósito de La nostalgia es un sello ardiente (Llantén), Natalia Litvinova mencionó a El futuro de la nostalgia, de Svetlana Boym, como de gran influencia para su nuevo libro. Hay una frase que está marcada con lápiz por la poeta en la primera página de la introducción de la obra: “La nostalgia (de nostos, regreso al hogar, y algia, añoranza) es la añoranza de un hogar que no ha existido nunca o que ha dejado de existir”.

Litvinova cuenta que la cara de su amiga Catalina es “un sol que no se apaga nunca”. Hace 22 años se despidieron en tierra bielorrusa. Nunca más volvieron a verse ni a tener contacto. Viven en países diferentes. Catalina tiene marido, un hijo y se tiñó el pelo. El libro vuelve a esa historia común de la infancia, a la propia y a la que no pudo ser. Natalia elije nuevamente a esa entrañable compañera para hacer un viaje al revés, a ese único hogar tan extranjero a la sensibilidad que las empoderaba, pero que transitaron juntas, peldaño a peldaño.

El texto que sigue intenta responder –o no- a qué fue, en qué se transformó o qué pasó con aquel “hogar” de Litvinova en Bielorrusia.

Gómel es la ciudad donde la poeta nació el 10 de septiembre de 1986 –casi cinco meses después de la explosión de Chernobyl- y donde vivió con sus padres y su hermano Sergio hasta los 10 años de edad. La familia vivía en un edificio oscuro, donde la puerta de la planta baja no tenía cerradura y facilitaba el ingreso de cualquiera. Los pasillos eran tan sórdidos como los hombres a los que Natalia temía y trataba de evitar.

Pero no estaba sola. En ese mismo edificio, en el departamento de los abuelos, vivía Catalina. Entre ambas se cuidaban, hacían amuletos para defenderse del peligro inminente y de un mundo hostil que estaba lejos de abrigar la realidad de esas niñas. El escape fue crear el universo propio a base de una imaginación para la sobrevivencia. Así fue hasta 1996, cuando Litvinova se va de su país con la familia y toca suelo argentino.

– Mis padres no me prepararon para la mudanza ni me explicaron lo que iba a pasar. Fue muy duro y absurdo el cambio. Sufrí un golpe fuerte de nostalgia al llagar a Argentina. Antes tenía mi mundo reducido, pero lo tenía. De pronto, encontré que ni siquiera poseía un idioma, porque el materno no me servía. Además, pierdo el contacto con mi familia. No había internet. Llamar era muy caro. No le encontraba sentido escribir cartas.

A partir de entonces, Natalia supo por primera vez lo que era extrañar.

– Boym analiza la historia de la nostalgia y cómo se origina. Dice que, en principio, era tomada como una enfermedad y había que curarla porque empezaba a surgir en los soldados que, según ella, fueron los primeros nostálgicos. Iban a la guerra por mucho tiempo y empezaban a extrañar a sus hijos, mujeres, la comida, sin saber cuándo regresarían a sus hogares. Se enfermaban de nostalgia y muchos no podían combatir. Entonces, los generales los amenazaban con enterrarlos vivos. No hay mejor nostálgico que un ruso y se supo hacer un buen arte con eso. Para mí es fundamental mencionar lo bélico. Por ejemplo, cuando escribo que mi madre ve un programa sobre un general retirado o que mi abuelo o el de Catalina fueron a la guerra.

“Mientras que la añoranza es universal, la nostalgia puede ser motivo de división”, escribeSvetlana Boym.

– Leo a La nostalgia es un sello ardiente como un doble camino. Por una lado, hacia tu infancia, y por el otro, una indagación sobre lo que en cada una de las amigas se pudo convertir. ¿Es lo mismo el viaje con Catalina que sin ella?

– Sin ella el viaje hubiese sido más disperso. Al hacerlo juntas, el camino fue más directo y los poemas resultaron postales más claras. De pronto, se me abrieron todas las cartas sobre la mesa y Catalina era la conductora. Además de tu lectura, hay varios puntos en los que me apoyé.

– ¿Cuáles?

– El retorno a la infancia no sólo mía, sino de las dos. En los poemas muchas veces estamos juntas: nos pasamos a buscar para ir a jugar, hablamos sobre los abuelos de ella o mencionamos la guerra, que es algo que nos atraviesa. Son recuerdos que podemos soportar juntas. Nos conocimos a los siete años y fuimos amigas hasta los 10 años. Catalina fue la primera persona en mi vida a la que yo pude abrirme. Éramos como dos niñas adultas. Nuestros diálogos eran importantes a una edad muy temprana. La vida que nos rodeaba era, por momentos, solemne y dura, como lo era la educación cuando se termina la Unión Soviética en Bielorrusia. No podíamos tener amigos en los colegios. El sistema no lo permitía. Entonces, conocí a esa niña rubia con la que compartimos muchos miedos. Eso fue muy liberador. Era hermoso poder bajar juntas las escaleras en el edificio donde vivíamos, que es un gran protagonista del libro. Era muy oscuro. Olía a alcohol. Había inscripciones en las paredes y algún borrachín tirado.

En 1994, asume la presidencia de Bielorrusia Aleksandr Lukashenko. Hace 26 años ocupa el poder, en los que sólo hubo cinco elecciones (1994, 2001, 2006, 2010 y 2015). El 9 de agosto próximo la población de ese país votará nuevamente. Al mandatario se lo conoce como “el último dictador de Europa”. Varios candidatos a disputarle la presidencia están presos. Litvinova afirma que por la pandemia los bielorrusos están cansándose y saliendo a protestar, lo que nunca antes pasaba. Ahora, se ve un cambio antes de las elecciones en un país donde jamás hubo cuarentena y “la gente se protege como puede, con sus barbijos, para decir basta”.

– Un punto importante del libro fue mirar a través de una mirilla lo que fue el final de la Unión Soviética, en Bielorrusia. Yo quería hacer un regreso no sólo a la infancia, sino a una historia que se rompe. Cuando se termina la Unión Soviética, en Bielorrusia, como el hermano pequeño completamente carente, se produce una ruptura muy fuerte. Los años noventa son muy complicados para el mundo. En mi país ocurrieron cosas peligrosas: la mafia, mucho alcoholismo, problemas con el trabajo y falta de alimentos. Vivíamos en una transición, viendo cómo el capitalismo avanzaba, en un país que no podía levantarse. Lo que marco en los poemas está relacionado con ese mundo un poco gris que no sabe para adónde va a ir. Coincide un poco con mi historia.

– ¿Por qué?

– Porque con mi familia nos vamos a un lugar que es Latinoamérica, del otro lado del mundo. No sabemos dónde estamos yendo. Mi mirada fue a la infancia, lo que produce ese viaje con Catalina que es melancolía, nostalgia que viene de todo este mundo perdido.

– Hay también una búsqueda por saber qué fue de Catalina y vos, ya adultas. Con los pocos datos que sabés de ella, imaginás su mundo, hablás de las dos, y no sólo de la infancia.

– Totalmente. Aparece el mundo voyeur que quiero mostrar. Con la aparición de las redes sociales, en las que me fui metiendo para buscar a gente de mi pasado, decidí hace tres o cuatro años buscarla a ella. Con su mismo nombre y apellido aparecieron un montón de mujeres. Ahí se me ocurre que si ellas se tomaran de las manos llegarían a mí, como escribo en el libro. La estoy espiando y no lo sabe. Aparecen las preguntas de cómo hubiese sido mi vida al lado de Catalina, en Gómel. Ella no sólo se transforma en una compañera de viaje hacia el pasado, ahora es una pregunta que va estallando todo el tiempo en mí. ¿Qué hubiese sido de mi vida?

Otro tema que influenció a la autora de La nostalgia es un sello ardiente fue la obra y la figura de Boris Borisovich Rozhy, un poeta y geólogo ruso nacido en 1974 que terminó suicidándose en 2001, a los 26 años de edad. Su infancia transcurrió en bellos barrios obreros. Pero al caer la Unión Soviética, “se rompe todo y esos barrios quedan completamente abandonados, carenciados, llenos de droga. Los jóvenes dejan los colegios. Vive todo ese quiebre en su propio cuerpo”, cuenta Natalia, que lo califica como un poeta “excelente, muy inteligente y muy nostálgico”. “A pesar de que escribe y gana concursos, se casa y tiene un hijo, a esa nostalgia no la pudo atravesar. Me embebí mucho de todo ese clima al leerlo. Lo sentí muy familiar. Él había perdido un paraíso de verdad. Lo había visto con sus propios ojos”, dice la poeta.

¿Cómo fue la selección de los momentos pasados y del diálogo con el presente?

– Desconfío mucho de los recuerdos por haber vivido en un país tan distinto hasta los 10 años. Recordar estaba envuelto en un sentimiento doloroso que tenía que ver con la pérdida. Durante mucho tiempo de mi adolescencia traté de no pensar tanto en el pasado. Recién a partir de los 20 años me puse en contacto con mis recuerdos. Pero los voy abordando para ver si me sirven como material de escritura. No me interesa la verdad del recuerdo. Lo que puedo hacer con él en la literatura es fantástico al darle un trasfondo de ficción. En el caso de Catalina hay muchas situaciones que están en el libro pero que no ocurrieron. Me hubiera gustado sentarme con ella, como escribo en un poema, y masticar tierra juntas. Eso, en realidad, lo hice sola. Pero es un recuerdo que construí para ganar esta infancia perdida. Quiero que comamos juntas esa tierra que perdí, porque me fui y la dejé.

Parece que no habrá calma ni posibilidad de volver al corazón de la infancia, como dice este verso: “Le canto/ para que se tranquilice/ y vuelva a su lugar/ pero el corazón/ ya vio el mundo/ y no habrá/ calma”. ¿Tampoco a través de la poesía es posible volver a ese corazón de la infancia?

– Creo que sí es posible. La poesía tiene que ver mucho con la infancia. Todos buscamos una manera de tocar en la poesía un origen o un paraíso perdidos. Esos versos que citás son de un poema en el que soy mi propia madre, una figura que está muy presente en el libro. Tomo mi corazón de niña que ya vio el mundo y le digo que no habrá calma, pero puedo mecerlo.

¿A través de la experiencia poética puede haber un cambio en la percepción que se tiene de la infancia y así modificar el futuro?

– Creo que sí. Reconozco a la poesía como un diálogo que por momentos parece infinito. Creo que el presente y una vida se pueden modificar si hay diálogo. A mí la poesía me permitió conversar con mi pasado. Ciertos momentos dolorosos los había clausurado porque tenía que avanzar. Entonces, encontré mi manera de dialogar con el pasado a través de la poesía. No importa si los poemas tienen más de ficción que de realidad. Los recuerdos son mi gran pozo, en un buen sentido, adonde vuelvo para sacar más y más agua. Nuestro pasado está lleno de fabulaciones, mitos, leyendas, frustraciones, que son universales. A través de la poesía se puede retornar al pasado, redescubrir a los padres, una tierra perdida, la infancia y finalmente darse cuenta que es completamente universal. Incluso, en este libro temía poner la palabra Bielorrusia.

– ¿Por qué?

– Me cuesta mucho. Dudé hasta el último día si hacerlo o no. Este es uno de mis libros más íntimos, pero a la vez creía que mi experiencia le podía haber pasado a cualquiera. Finalmente decidí escribir Bielorrusia porque casi en ningún poema nombro al país, sí a Gómel.

– Mencionaste la figura de la madre, que va creciendo en el libro a pasos agigantados. ¿Es un personaje que necesita más espacio en tu escritura?

Cesto de trenzas es un poco un libro sobre mi madre. No es la que tengo, pero sí es la que construí a partir de varios aspectos que encontré tanto en ella como en sus amigas y en mi abuela. La mamá que está en La nostalgia… es una madre vieja, que es todo un tema en mi vida. Pienso mucho en la vejez de mi mamá porque sólo cuenta con mi hermano y conmigo. No tiene amigos. No está en su tierra. Es completamente nostálgica. No para de hablar de Rusia, ese mundo al que no pudo volver nunca. Esa es mi vida con ella. Eso marcó mucho este libro. Hay un poema que es clave: ella me pide que le tiña el pelo. Ahí se nota la vejez de mi mamá.

– ¿Creés en la poesía como un acto de premonición?

– Sí, completamente. Primero porque vengo de las estepas rusas y porque mis abuelas eran bastante brujas. Mi mamá lee las cartas, que no son las de Tarot. Son chiquititas y desgastadas. Fueron pasando de mano en mano, por el lado de las mujeres de mi familia. Aún no me atreví a aprender a leerlas. Ya lo haré. Por otro lado, mi mamá me cuenta lo que soñó como si fuera lo más importante del día. Lo dice con solemnidad y preocupación, como si fuera a cumplirse. También creo en la premonición por una poeta que es un faro para mí, Anna Ajmátova. En sus diarios dice que debe dejar de hablar sobre lo que piensa y dejar de escribir sobre algunas cosas en los poemas porque se cumplen. No tengo ese poder, pero entender algo de un poema un tiempo después de haberlo escrito es una manera de adivinación. En este libro también menciono la palabra amuleto, como en Cesto de trenzas. Crecí haciendo amuletos y si un niño o una niña lo hace es porque cree en una fuerza mayor, que no es visible. Con Catalina también los hacíamos, anillos de hierbitas, flores o tiaras. Nos protegían de la época y de los hombres. Amuleto es una palabra que seguiré mencionando en el futuro.

– La nostalgia es un sello ardiente sale de imprenta en plena pandemia. ¿Cómo fue recibirlo en este contexto?

– Estaba muy feliz porque nunca había publicado un libro a principios de año. En mi cabeza era todo perfecto: lo iba a presentar en abril para después disfrutar de su crecimiento a lo largo de 2020. Esa era mi idea en enero, cuando viajé a España. Pero de repente llega un virus totalmente inesperado y cambia el mundo. Al llegar la cuarentena, con Tom (Maver) ya habíamos mandado a imprenta dos libros, Este año que se desvanece, de Martín Vázquez Grillé, y el mío. Varias semanas después, nos confirman que pronto estarían listos. Me puse contenta porque iba a tenerlos en casa, pero, a la vez, tenía la angustia de no saber qué iba a hacer con ellos o cómo distribuirlos. Me llegan fotos de lectores que compraron ejemplares. Pero todos estamos en nuestras casas y es como si su circulación estuviera velada. No sé bien qué pasa con ellos.

Si bien la presentación que se había programado en un bar debió suspenderse, se hará a través del canal de Instagram de la poeta, que estará acompañada por Dolores Reyes, el sábado 18 de julio, a las 19 horas.

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Poemas de La nostalgia es un sello ardiente

4 Responses to “Amuletos para mecer un corazón”

  1. Juan Cruz

    Bellísima entrevista, conversación, donde presiento que Natalia ha ganado para siempre su infancia, ese territorio sagrado al que no deberíamos nunca dejar de volver, heredad profunda, mística y salobre desde donde podemos vislumbrar quienes somos realmente. Agradecido voy quedando de ustedes..

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